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*Extracto de mi libro «La sed del nómada», segunda parte,  capítulo dos. Visitando los templos de Angkor en Camboya.  Este fragmento fue escrito a mi regreso. Es tan solo un diario de viaje, con el cual decidí escribir el libro sobre mis viajes a Asia.

El nuevo día anunciaba prematuramente,  que el calor iba a estar muy presente. Dejamos el pueblo de Aranya Prathet a las ocho de la mañana para dirigirnos en una camioneta al paso fronterizo, donde lo único que deberíamos hacer era cruzar a pie los veinte minutos que distaba una aduana de la otra.  Claudio, dicharachero como la noche anterior, me presentó a su esposa, futuro yerno e hijas, dos jovencitas salpicadas por la encantadora enfermedad de la  adolescencia y que poseían los ojos más bellos que hubiera visto en mucho tiempo. La mayor era la supuesta novia del joven yerno. La menor era la más tímida. Resultaba  una peculiar y encantadora familia que seguían utilizando los mismos patrones de viaje, que sus padres en años pasados disfrutaron siendo solteros  y que de algún modo se negaban a perder incluso  yendo con toda su descendencia  a cuestas. Estaba claro que era toda una herencia de sabiduría la que sus padres querían pasar a sus tan hermosas hijas.

Venían de Tailandia, donde habían disfrutado durante un mes del norte, de sus profundas selvas, de la cultura budista y de las ciudades más importantes. El yerno me hablaba fascinado del país, me daba consejos mezclando español, italiano e inglés, pero pese a la aberración de frases a menudo incoherentes que escupía a diestro y siniestro,  le entendía a la perfección.

Llegamos al paso del lado tailandés donde cientos de carros tirados por personas se apresuraban hacia un gigantesco mercado que ocupaba toda la zona fronteriza.  En medio del gran barrizal que servía de carretera,  montaban innumerables tiendas de todo tipo y no admitía duda alguna que diariamente, aquel paso era utilizado por miles de personas y que tanto tailandeses como camboyanos aprovechaban vendiendo y comprando productos francos a precios sin manipular. El espectáculo estaba servido ante mí, no hacía falta rebuscar entre los puestos del descomunal mercado y mis pasos hacia la aduana eran suficientes para ver que la vida hervía en tan desfavorecido lugar.

Conseguí el sello de salida, en tierra de nadie, donde la aduana de los dos países daban un respiro. Los carros amontonados con gente paciente, hacían una larga cola para poder entrar. La situación era realmente curiosa. En mis pensamientos rondaba la cuestión de si esa pobre gente, debería cruzar a diario, tan hostil lugar para poder vivir y comer. Los carros, tirados por una o dos personas, iban desbordados de frutas, verduras, ropa, etc. Sin embargo los que cruzaban en sentido contrario hacia Camboya, iban totalmente desprovistos de cualquier tipo de carga. El control en el puesto camboyano, fue algo tosco, seco y rápido aunque un policía me dijo algo en su idioma que no entendí, parándome autoritariamente dos veces antes de reanudar mi marcha, intuyendo que querría alguna propina ilegal, pero iba acompañado de la familia italiana y retener en silencio a seis personas no era lo mismo que a una.

El pueblo que se abrió ante mis ojos se llamaba Poipet. Sus calles enfangadas iban acorde a su terrible gusto por las construcciones que afeaban toda la ciudad. Sabía que era un peligroso lugar donde no era recomendable pernoctar. Sus casinos utilizados por los ricos tailandeses, su contrabando, prostitutas y timadores de todas las clases imaginables, andaban a sus anchas por esa villa, donde los pecados andaban  de reunión. Era realmente un  territorio que cualquier viajero hubiera querido olvidar en cuanto saliese, yo sin embargo, creo que hice las mejores fotografías del viaje. Aquello era un trozo de tierra dejada de la mano de Dios para regalársela al  mismísimo Diablo.

Unos doscientos metros más adelante, los seis, nos dividimos en dos grupos para poder  coger dos taxis y negociar los precios para ir a Siem Reap. Cuando llegamos a un acuerdo, subimos y empezamos el viaje de unos doscientos kilómetros, creyendo debido a la distancia, que llegaríamos pronto, pero lo que no me esperaba era que la carretera estuviera en un estado tan deplorable. Hacer aquel viaje supuso aguantar, terribles baches, salidas continuas de la carretera por culpa del barro ya que el asfalto no existía en ningún tramo. A medida que avanzabas veías como los ancianos camiones habían volcado,  dejando sus mercancías esparcidas por todo el camino. Uno debía bajarse y ayudar para poder aligerar el trayecto, pero otras veces, el camión accidentado cruzaba la carretera y no dejaba paso alguno.  Recuerdo que en medio de los campos de cultivo,  empezaban a salir personas ayudando a poner el camión sobre sus ruedas de nuevo y cuando no había nada que hacer, sencillamente arrastraban el vehículo para despejar la vía. La vida de un camionero allí en Camboya, debía ser muy dura, con un horario de salida marcado pero con un horario de llegada totalmente imprevisible.

Una de las paradas que el conductor hizo fue para recargar de gas su vehículo en medio de unos arrozales. Aproveché y pedí amablemente ir a los servicios. Con mucha cortesía, el dueño de la tienda me acompañó a un cuarto plantado en medio de un claro. Con su desdentada sonrisa, me indicó que entrase.  Aquello no medía ni un par de metros cuadrados. Con un agujero en medio del suelo donde una pestilencia iba invadiendo tu cerebro, apenas podía lograr atinar y apuntar donde debía. Intentaba  llevar  mi mente a otro lugar bien lejos pero mis ojos acabaron chocando con unas gigantescas cucarachas que andaban con tranquilidad por la minúscula estancia.  Jamás había visto semejante tamaño. Aquello era un insulto a las cucarachas españolas. Impresionado por tan asqueroso insecto, salí lo más rápido posible, chocándome casi de frente con el propietario, el cual estaba haciendo sus necesidades en el exterior, riéndose de mí sin saber en realidad lo que me había ocurrido, diciéndome con sorna:

– Inside, toilet to foreigners, outside, cambodian toilets – (dentro, lavabos para extranjeros, fuera lavabo para camboyanos).

Haciendo caso omiso a su comentario, dirigí mis pasos al taxi, donde el vehículo parecía haber repostado.  Mi comentario hacia las kafkianas cucarachas divirtió a los italianos, tanto que uno de ellos fue corriendo para captar la imagen con una instantánea. Estaba claro que veían en  mí, una fobia que sólo a lo largo de los años he acabado llevando más o menos bien.

La llegada a Siem Reap vino acompañada de nerviosas sonrisas, sabiendo que el tramo entre la frontera y la ciudad era de apenas doscientos kilómetros, pero que la dificultad que entrañó hacerlo por carretera fue titánica. Yo pensaba que había sido una decisión acertada, que la pérdida de tiempo era inexistente, habiendo visto las cosas que se habían ido cruzando por nuestro camino. Siem Reap, era otro mundo,  un rincón aparcado de la realidad camboyana. Venía de ver como la agricultura y el ganado eran el principal sustento de un pueblo apaleado psicológicamente por la guerra años atrás, de gente humilde donde la ayuda hacia los suyos y los no tan suyos era considerada de obligación ética. Las escalas de la moral, en la mayoría de los países asiáticos, está en distintos baremos que los nuestros y no podríamos compararnos nosotros, los que pertenecemos al  mundo moderno,  con ellos en este aspecto. Resulta tan desagradable preguntar en Europa por una dirección desconocida  y ver como el transeúnte en cuestión no puede disimular su  tediosa cara, por perder un minuto de su supuestamente valioso tiempo.

Siem Reap, es una de las principales ciudades de Camboya,  tomando el nombre del río que la atraviesa,  un río que en épocas pasadas era el motor económico de la zona antes de la llegada del turismo en masa. Es la capital de la provincia y no sorprende que con los templos de Angkor situados apenas a ocho kilómetros al norte, sea la ciudad más visitada de todo el país. Si nos ponemos a reflexionar, podemos llegar a la conclusión que su actual esplendor, se lo debe al trabajo realizado por sus antepasados hace más de 1200 años. Con una población de unos noventa mil habitantes, Siem Reap, pasó de ser una aldea hace unos cincuenta años a ser lo que hoy es. El primer hotel que se construyó en el 1937, por franceses, en su visionario afán de atraer a turistas, pero la aldea no creció, y los únicos que venían eran arqueólogos. Toda la población vivía de la agricultura y el ganado, nada hacía presagiar el futuro que hoy vemos. Durante la guerra civil entre 1967 y 1980, la ciudad quedó destruida como todo el país. En la década de los años 80, se empezó a reconstruir, adaptándose de raíz a las exigencias del exclusivo turismo occidental,  convirtiendo esta afortunada ciudad en un foco continuo de ingresos económicos foráneos. Hoy no cabe duda,  viendo sus grandes hoteles, sus presentables restaurantes, las informatizadas agencias de viajes y los conductores dedicados al turista, que la ciudad ha cambiado los hábitos agrícolas por los servicios turísticos, más rentables y menos laboriosos.

Llegamos al centro urbano donde la familia italiana, tenía mirado un económico hospedaje. Decidí bajarme con ellos y mirar si me convenía el hostal. Su nombre era Hotel Freedom, y me gustó nada más entrar por el ambiente que se veía por los rincones del vestíbulo principal, donde los sillones estaban abarrotados de jóvenes viajeros leyendo libros. El precio era justo, y un cochón más que correcto, hicieron que aceptara y descargara mi mochila en la cama de la recién adquirida habitación. La familia de Claudio, se despidió de mí, pero el patriarca no quería dejarme aparcado, quería estirar nuestra recién estrenada amistad.

– Manuel,  pasado mañana nos dirigiremos a los templos de Angkor, ¿por qué no lo hacemos juntos? – sugirió con su eterna sonrisa.

-Yo creo Claudio, que puede resultar molesto, ya que tú viajas con tu familia y nada me gustaría más que disfrutaras de los tuyos – respondí con naturalidad.

-Mira Manuel, me caes bien, las motos con remolque, llevan a cuatro personas como mucho, nosotros somos cinco, contigo seis,  con lo que compartiendo el transporte seguimos ganando todos, además creo que ir solo a recorrer los templos te podría resultar algo aburrido.

Sin pensármelo dos veces acepté la proposición sabiendo que todos salíamos beneficiados y que su indiscutible lógica explicación hacía de mí,  un amigo para él,  y un colchón de apoyo económico donde él arrastraba los gastos de cinco miembros.

Aquella noche, fui a cenar a un restaurante asiático, donde una familia china, cocinaba y servía deliciosos rollitos de primavera. Solo, con mi libreta, recordaba lo que apenas hacía unas horas había visto, las planicies camboyanas, cargadas de bananeros, con sus barrizales provocados por las intensas lluvias que ahora, mientras comía hacían acto de presencia. Allí, cuando llovía, lo hacía en serio, y en menos de diez minutos, la ciudad quedó colapsada por las indigestas cloacas. Saltando entre charcos llegué al hotel, donde me fui directamente al vestíbulo. Mientras esperaba mi café,  conocí a unos chicos australianos que llevaban viajando varios meses por Asia. Su marcado e intenso acento, me hacía dudar de la mitad de sus frases, la otra mitad, directamente no las entendía, pero por lo que pude deducir, es que habían empezado por China y que su propósito era acabar en Indonesia, habiendo ya visitado Vietnam, Laos, Tailandia y ahora Camboya. Me interesaban mucho sus opiniones y consejos sobre Asia, más aun conociendo esos países, evocando unos recuerdos imborrables, pero había fronteras que no había cruzado y tenía previsto hacerlo en los años venideros, así que la conversación sin quererlo se alargó hasta la madrugada pudiendo llenar mi cabeza de renovados objetivos e ilusiones.

Asia, para mí no dejaba de ser por el momento mi punto débil, mi musa. Había visitado África, América y parte de una Europa por descubrir, pero volver a Asia, siempre ha sido especial y todas las veces que he estado,  he acabado captando la magia de cualquier rincón, sintiéndome como un joven que emprende su primer viaje, sintiéndome libre. Ahora estaba en Camboya y me quedaba la Tailandia que todo el mundo  parecía haber visitado antes que yo. Aquella noche entre dolores de espalda y mosquitos, soñaba con nuevos horizontes, donde uno pudiera sentirse exento de cualquier tristeza. Me quedaba un mes de recorrido, y la incertidumbre seguía siendo el más potente de los empujes hacia lo desconocido. Aquella noche soñé que volvía a tener  12 años.

Un olor a pan tostado y huevos revueltos me dio los buenos días. Debía visitar la ciudad y prepararme para ir a los templos al final de la jornada. Me vestí y desayuné con voracidad, saludé a la familia italiana que andaban cerca de los jóvenes australianos y me apresuré en salir pronto, para evitar de buena mañana pelearme con el acento tan cerrado que estos usaban. Pregunté en recepción dónde podría ver los mercados de la ciudad. El anciano que atendía al público me indicó que para ver las artesanías tenía que girar a la izquierda, porque a la derecha de la calle no encontraría nada interesante para el turismo. Yo contrariado giré a la derecha donde en teoría debía encontrarme con “nada”, y empecé a caminar sin rumbo fijo y sin prisa alguna. Al cabo de unos quince minutos de trayecto, choqué frontalmente con la entrada de un enorme y abarrotado mercado que mostraba sus extrañas y coloridas frutas, hortalizas y todo un sinfín de alimentos nacidos de la tierra. Parecía no tener fin y me interné en el interior del destartalado edificio donde el bochorno empezaba a ser asfixiante. De repente, un olor empezó poco a poco a meterse en mi cerebro para acabar taladrándolo. Estaba en la zona donde los comerciantes vendían la carne y el profundo hedor a putrefacción me estaba empezando a afectar de manera muy seria. Jamás había llegado a oler algo tan desagradable. Las ancianas con sus plumeros en vaivenes espantaban las enormes moscas verdes que enloquecían ante semejante banquete. Algunas jóvenes mataban las gallinas delante del cliente cortándoles el cuello y agarrándolas fuertemente de la cabeza,  dejando caer la sangre en un recipiente para venderla por separado. Habían huevos de gallina con sus polluelos muertos asomando sus cabecitas a una vida que jamás se les concedería. Según tenía entendido por documentales de gastronomía insólita, estos proyectos de aves, se comían tal cual. Cuando todo parecía indicar que mi cuerpo iba habituándose a la pestilencia, me di de bruces con la zona del pescado. No pude remediarlo y tuve que sentarme en unos tablones de madera que servían de escaleras. Intenté coger fuerzas, haciendo caso omiso a mi palidez y armándome de valor seguí adelante. Cientos de puestecitos se abrían mientras caminaba por el barro. Lo que allí vendían no sólo era pescado, también había ranas, tortugas, culebras, murciélagos y todo animal que pudiera caminar. Intentaba combatir el hedor, mostrándomelo como algo natural, pero por más que me lo propusiera, aquello se repetía una y otra vez en mi mente,  que todo el ambiente olía a muerte. Decidí una vez repuesto, comer en la periferia del gran mercado, donde las tiendecitas  ganaban terreno y salían victoriosas de la batalla contra el mal olor. Los arroces, los caldos y los pollos en las ollas, bailaban bajo los enseres de las mañosas cocineras.  Elegido al azar me senté en un puestecito y di buena cuenta de un cuenco de arroz blanco acompañándolo  una especie de carne con sabor dulzón,  era como si estuviera comiendo dátiles con tocino. Realmente estaba delicioso. La cocinera, una mujer menuda y simpática, me puso sencillamente lo que tenía. No había donde elegir, pero con ese sabor y una generosa ración, no le hacía falta tener mucha variedad para que su pequeño negocio funcionara. Sentado en una pequeñísima sillita, sostenía el cuenco intentando  no caer de espaldas. El joven  ayudante que acompañaba a la señora, tímidamente se acercó a mí, se sentó y se  quedó mirándome sin pestañear durante toda la comida.

A la tarde encontré en la entrada de hotel a Claudio y su familia. Me dijeron que les acompañara, que intentarían ver el atardecer en los templos de Angkor. Yo entusiasmado acepté partiendo con prisas en una carrera a contra reloj luchando por ver el Sol.  Debíamos llegar antes que éste desapareciera por el horizonte, pero al final no pudimos acceder a la colina donde  el resto de la gente más previsora disfrutaba de esa mítica escena. Tan solo pudimos ver con un conformismo optimista de algún templo mudando su piel con el color pardo de un día que llegaba a su fin. Definitivamente mañana sería el día de ver toda la zona, con calma. Volvimos algo decepcionados en dos moto-carros. Una vez llegamos al hotel, Claudio y yo negociamos con los mismos conductores un precio para que al día siguiente nos llevaran a ver todos los templos, sin límite de kilómetros y con un horario bastante flexible. Una vez pactado y en total acuerdo, cada uno se fue por su lado, yo al restaurante del hotel y la familia de Claudio a sus habitaciones.

Eran las nueve de la noche y andaba como de costumbre pensando en mil cosas a la vez mirando por los ventanales sin cristales del comedor cómo éramos engullidos por una densa cortina de lluvia, recordando cuando era pequeño y los tiempos en que mis padres y mi  hermana, íbamos a pasar unos días cada verano a las montañas del Pirineo Catalán, dando por sentado que era lo más lejos que jamás viajaríamos. En mi mente guardaba aquellos días, como tiempos felices de una infancia aprovechada y de una adolescencia regalada. Aquella sensación de niño que tenía cuando caminaba con mi familia a lugares de ensueño, viendo sorprendido los  picos nevados,  las estériles tierras y  las lagunas pulidas por la naturaleza, la tenía en repetidas ocasiones cuando viajaba en solitario ahora de adulto. Esa emoción que asomaba con tintes de ansiedad, era absolutamente la misma que en años atrás viví con plenitud y en compañía de los míos… Quizás fueran los pilares de la aventura, del querer saber, del eterno suspiro por conocer este mundo,  que sin querer mi padre plantó en mi corazón y que por haber nacido en distintas épocas,  él no pudo vivir. Ahora, allí sentado  a miles de kilómetros de mi casa, mientras mi mano jugaba con la cucharilla del café, pensaba que  si mi padre y yo hubiéramos tenido la misma edad,  hubiéramos sido unos inseparables amigos, tanto en la vida como en los  viajes.

 

El nuevo día estaba ante mí. Mi despertar no pudo ser más animado, sabía que vería una de las ciudades antiguas más emblemáticas arqueológicamente  e impresionantes de todo el Sureste asiático. Desayuné tranquilamente y me puse en marcha. En la salida del hotel estaba ya la familia de Claudio, con los dos conductores del anterior día. Mi llegada, fue limpia…un saludo y partimos de inmediato hacia los templos de Angkor. La distancia era de aproximadamente unos cinco kilómetros, aunque el denso tráfico hizo que tardásemos más.

En la entrada del recinto, me hicieron pagar veinte dólares por un día, y una vez dentro, era libre de moverme por donde quisiera. Estudié los mapas, las posibles rutas para poder ver lo máximo posible en un mínimo de tiempo, pero aquello era enorme, las distancias eran medidas por kilómetros y recorrer con total calma todos los templos me hubiera costado una semana, con lo que dejé la visita en manos de nuestros conductores, que sabían dónde ir en tan solo una jornada. Recuerdo que Claudio les apretaba mucho, que quería correr demasiado, cuando de lo que se trataba era de dejarse llevar por todo aquel fantástico mundo donde la selva se había fusionado con los templos, donde debías olvidarte de las prisas para regocijarte  en la calma, y es que estaba en Camboya, en los templos más famosos de Asia y no pensaba estresarme por mucho que me perdiera un par de rincones escondidos al final de la excursión.

 ¿Cómo surgió esta ciudad de tan exagerado tamaño y delicioso gusto arquitectónico?, ¿qué fue de la sociedad que estaba sometida bajo su yugo?, ¿por qué desapareció de una manera tan enigmática?

Intentemos adentrarnos un poco en su dilatada historia, para poder llegar a entender  este lugar, donde los mismos monarcas iban aportando sus propios tintes,  haciendo muchos templos, basados en diferentes estilos y creencias. La sensación de no ver el mismo lugar dos veces, se debe a que cada soberano quería marcar a piedra su mandato, dando lugar a una extensión enorme de templos sólo comparable a la de Bagán en Myanmar.

La historia del Imperio Jemer,  data sobre unos orígenes  anteriores al  año 802 de nuestra Era, que es cuando surge el llamado Periodo Angkoriano. El dominio de los Jemeres, era conocido por toda Asia, abarcando todos los países circundantes, pero el  ciclo Angkoriano, se debe al reinado del monarca Jayavarman II, que tras haber permanecido prisionero en la Isla de Java (Indonesia), retornó a Kampuchea, para fundar un reino Jemer independiente, gobernándolo a su antojo.  Sus creencias religiosas eran hinduistas, con su poder, quiso unir el mundo celestial con el terrenal, emprendiendo una campaña de imposibles construcciones arquitectónicas con las que pretendía simbolizar diferentes pasajes de las leyendas hindúes, así como emulaciones de residencias donde los Dioses como Shiva deberían vivir. Su poder, no tenía límites, así que por su grandeza y creencias, se autoproclamó Dios, creyéndose él mismo que era una encarnación en la tierra de una deidad hindú,  poniendo un punto y aparte en la cultura Jemer.   A partir de este monarca, principal percusor de la idea, fueron desfilando por la historia otros más o menos agraciados soberanos, que para hacer sombra al anterior, mandaban construir otro templo, haciendo de este recinto, el complejo religioso más grande del mundo. Partiendo de ideas hinduistas originariamente, fue Suryavarman I, quien quiso cambiar al budismo, respetando las antiguas construcciones,  pero sus posteriores sucesores hicieron  otras nuevas,  dándole esa caricia, que sientes cuando recorres su extenso territorio, diciéndote a ti mismo, que ese templo es diferente al conjunto en general, un desajuste mágico, que al final resulta ser armonioso y respetuoso con el  ” karma” de los Templos de Angkor. Deberían pasar muchos siglos, para que después de la caída de tan majestuoso imperio volviera a relucir y poder mostrarse al mundo tan colosal construcción, siendo Angkor Wat, la principal y más grande edificación,  la única que siguió utilizándose como monasterio budista bajo el patrocinio de la realeza jemer. Durante ese periodo oscuro,  donde la selva guardó en su impenetrable espesura los secretos de un imperio,  algunos chinos, japoneses, árabes y españoles se habían atrevido a penetrar en la densa y oscura maleza para encontrar una civilización enterrada, plasmando por escrito sus encuentros e impresiones personales y ubicando  erróneamente en un principio los templos en la India . Sólo y debido al ímpetu de los franceses una vez establecidos en el año 1864, empezaron a salir a la luz los estudios realizados por diversos arqueólogos, haciendo posible que poco a poco fueran desenterrando desde sus raíces, las cimas de los cientos de templos que abarcaban el complejo. Sólo la guerra civil estallada en 1970, paralizó los trabajos de restauración y mantenimiento, con la fortuna que los Jemeres Rojos respetaron las ruinas en todo momento evitando el destruir cualquier vestigio de su historia pasada. Fue cuando las tropas vietnamitas en su retirada, cuando se volvió a planificar la conservación de Angkor. En 1992 fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

El primer templo que vimos antes de adentrarnos en los laberínticos caminos de la selva fue el de Angkor Wat, unos  grandes andamios de madera, parecían ponerle una fea máscara a tan bonito monumento,  indicándome que las reestructuraciones seguían su curso, y que por mucho que lo quisieran evitar, las masas turísticas iban alargando los periodos de mantenimiento haciéndolos casi perpetuos. Angkor Wat, es el mayor templo-montaña de todo el complejo arqueológico. Su construcción, fue concebida en el siglo XII en honor al Dios Vishnú. Se calcula que las obras duraron treinta años, siendo por dentro una obra de arte simétrica. Los casi 500 metros que separaban la entrada principal de la entrada al templo, iban acompañados de un lago, donde la silueta del templo se reflejaba, haciendo un efecto espejo maravilloso.  El calor, sin previo aviso, aumentó de golpe. Yo veía como los albañiles trabajaban al sol sin protección alguna, la humedad era agonizante, haciendo que mi ropa quedara empapada. No podía entender cómo ellos trabajando ni tan siguiera sudaran, ni mostraban signos de desfallecimiento con tantas horas bajo un tórrido sol.

Dentro del templo, vi el bajo relieve de sus paredes, contando las historias de los Dioses hindúes, o las conquistas de su primer soberano y fundador del imperio Jemer.  Estos bajorrelieves son los más importantes de Asia, teniendo una longitud de 800 metros, otorgándoles el título de «los más grandes del mundo», sólo comparables a la construcción de dicho templo, en el que se emplearon el mismo número de piedras que se utilizó para crear la pirámide de Keops en Egipto, haciendo un total de 2 kilómetros cuadrados, en extensión, concediéndole un nuevo título de «templo religioso más grande del planeta».

Impresionado iba paseando por sus interiores, observando como la reciente guerra civil, había manchado de sangre sus grabados, pudiendo tocar con mis dedos los impactos de bala. La muerte se mezcló con la mitología hindú, entre fusilamientos masivos contra los pobres desgraciados que cayeron bajo uno de los regímenes más terroríficos de la era moderna .

A medida que íbamos visitando los templos, los conductores de nuestros vehículos, iban parando de vez en cuando para poder comprar refrescos, era casi imposible pasar media hora sin beber agua, y menos aún mantenerla fresca tanto tiempo, con lo que las pequeñas tiendas hacían buenos negocios en cualquier rincón del complejo. Las frutas, como la sandía, la piña y la naranja, eran servidos en pequeñas bolsitas de plástico y su precio era muy bajo, convirtiéndose en  la mejor opción para combatir el hambre y la sed de una sentada. En una de las paradas, me quedé solo bajo la lona del vehículo, resguardándome del incansable sol. Se acercaron un par de niños a saludarme, yo, con mi guía de bolsillo que llevaba escrito  un pequeño diccionario, intenté hablar  en jemer, produciendo en sus caritas, más asombro y burla que comprensión.

Los niños camboyanos son realmente avispados, con sus andrajosas ropas van y vienen de un lado a otro preguntando en varios idiomas la procedencia de los turistas. Podríamos decir que es muy normal, y que las dificultades de este país por tirar adelante es una ardua tarea. Lo más sorprendente es que muchos no pasan de los siete años, teniendo una inusual y  precoz picardía que muchos infantes del mundo occidental quizás alcanzarían con diez años, y a veces ni eso. La belleza de las niñas es indiscutible. Su simpatía va acompañada de sus blancas y relucientes  sonrisas,  su piel tostada forma parte de un pacto con el Sol camboyano que las cobija o las quema, según como se mire a diario. En cuanto muestras interés por alguna artesanía barata que venden, se encierran en una coraza, sabiendo que tienen tu atención y que sus vivarachos actos surgen de un protocolario diálogo que los más mayores han ido enseñando generación, tras generación. La timidez en cuanto les cambias de tema aflora, o pudiera ser parte de una táctica comercial.  Muchos de estos pequeños, ni siquiera saben leer ni escribir, quizás nunca lleguen a hacerlo, pero la facilidad de hablar lo imprescindible en varios idiomas es innata, pudiendo cambiar del español al inglés en segundos. Sorprendido me dejé llevar por las risitas de los enanos que con sus pulseras gritaban a mi lado sus ofertas, dejándome un par de dólares tan sólo por ver la satisfacción en sus caritas de haber tomado el pelo a otro visitante.

Era mediodía, y los estómagos avisaban que debíamos comer. Nuestros chóferes nos llevaron a un restaurante turístico, donde los platos estaban totalmente adaptados a los gustos occidentales. Allí, en medio del comedor, sólo habían grupos organizados, la gran mayoría  procedentes de Europa, vedando cualquier  sensación de estar en un país asiático. La comida, realmente era deliciosa, y a medida que los platos iban desfilando por nuestras mesas, los comensales iban soltándose de las ataduras convencionales de la timidez. Éramos unos quince, y una gran mesa  nos servía de trampolín,  para debatir y conocer nuestros puntos de vista sobre lo visto en el complejo. Habían  suecos, españoles, italianos, ingleses y franceses. La comunicación entre nosotros era una enmarañada sinfonía de gritos y exclamaciones. Todos, una vez sacada la coraza de la vergüenza, queríamos opinar, deseábamos expresar nuestras experiencias y sensaciones, ya fuera por nuestra visita a los templos, o por el viaje realizado o por realizar. Pese a sentirme a gusto con todo ese peculiar y escandaloso grupo, salí al exterior, rompiendo sin querer,  la siesta al conductor de mi moto-taxi. Apenas hablaba unas palabras en inglés, pero las suficientes para poder llevar durante todos los días a grupos de extranjeros de visita y poder así alimentar a su familia. Con una mirada taciturna, miró con desdén sin apenas darse cuenta quién era yo. A los pocos segundos me reconoció, adoptando una postura más formal, me sonrió y empezó a escupir palabras inconexas en inglés y camboyano. Yo, me limité a preguntas y respuestas cortas para poder dar un sentido a la conversación.

-¿Casado?

-Si – contestó – dos hijas, dos preciosas hijas de mi matrimonio con mi hermosa mujer.

-¿Lleva mucho tiempo casado? – pregunté.

-Me casé con dieciséis años, y ahora con veintidós tengo mi propia familia. ¿Dónde está su familia?, estará casado con la edad que tiene.

Podría haberlo dicho de mejores formas para no ofenderme, pero no lo hizo. Tampoco provocó que me inmutara ante su falta de tacto.  Su cultura, no entendía, como yo, con quince años más que él, siguiera soltero, y lo más grave, sin tan siquiera tener descendencia. Su asombro me hizo dudar de su profesionalidad, ¿acaso no llevaba turistas de todos los continentes a diario?, no era tan extraño  a mi modo de verlo, que un hombre soltero y sin compromiso viajara.  La conversación quedó pendiente porque la familia de Claudio, venía para proseguir con la ruta. Aquel conductor desde un principio me pareció grosero y antipático, pero a medida que iba pasando el día, uno podía ver que pese a sus preguntas, era todo un profesional que incluso disfrutaba explicando en cada templo una pequeña parte de su historia, llegando en alguna ocasión a verle los dientes cuando en contadas ocasiones sonreía.

Fuimos directos a Angkor Thom, que fue la última capital del Imperio Jemer. Pudimos ver la enorme entrada de la puerta sur que daba acceso a una ciudad fortificada de unos diez kilómetros cuadrados de extensión, siendo el mayor monarca de la historia camboyana, Jayavarman VII,  el impulsor de tan colosal construcción. Después de merodear por la zona, nos fuimos dirección Este, para poder acceder a la ciudad de los árboles, llamada Ta Prohm. Los caminos estaban bien señalizados, pero poca era la sombra que uno podía recolectar a medida que se recorrían los senderos que conectaban los templos. Los taxis, nos dejaban en un extremo,  y recogiéndonos en el extremo opuesto a una hora determinada, para poder explorar los monumentos a nuestro antojo y disfrutando de una intimidad inimaginable, tratándose de la ciudad de Angkor, pero quedé gratamente sorprendido al darme cuenta que uno podía quedarse solo con mucha frecuencia, debido a la extensión tan exagerada del territorio.

Explorar Ta Prohm, era meterte de lleno en una película de aventuras. Aquello era un claro ejemplo de lo que los camboyanos llamaban los templos-montaña. La fuerza de la selva, había hecho mella en todos y cada uno de los templo. El tiempo había pasado por allí, arrollándolo todo a su paso, con cierta dulzura. Puede que la historia lo olvidara durante siglos, puede  que los hombres durante décadas, pasaran de largo ante tan adverso entorno, pero el curso de la naturaleza siguió como si nada. Los árboles, se alzaban a lo alto, fundiendo sus raíces en los cimientos, el abrazo de la vegetación era amistoso, dotando al lugar de una calma inusual. Las copas de uniforme arboleda, cincelaban en el suelo misteriosas y frescas sombras. El terreno, vallado por el denso follaje, hacía que uno fuera saltando de un lugar a otro. Durante muchos minutos, estaba completamente solo, y debo reconocer que el lugar producía cierto respeto, estando plagado de maldiciones. Leí que los camboyanos, evitaban visitar la selva por esas latitudes, asegurando sólo a los más osados la visión de espíritus errantes divagando en la clandestina noche. Pensaba en esas historias sentado en una roca, mirando hacia arriba, donde los rayos del sol llegaban filtrados por las exageradas copas de los árboles. El suelo, salpicado de musgo, hacía muy peligroso el caminar durante las épocas de lluvia, y no dejaba de mirar los oscuros y tenebrosos rincones  creados por el hombre y la naturaleza en un acuerdo no pactado.

Después de la inquietante visita a los templos de Ta Prohm, decidimos parar un poco. Tanto Claudio como su familia, estaban exhaustos debido a  la humedad y el incesante manojo de rayos solares que del cielo iban cayendo sin cesar. El cielo poco a poco iba cambiando su azulado tono, por uno blanquecino. Íbamos caminando y comprando fruta continuamente, parando a beber agua y recomponer nuestros castigados cuerpos de tan dura jornada. Pensé desacertadamente que un viaje con un conductor que te llevara a todos los lugares, sería coser y cantar, pero la grandeza de cada templo, con sus diversas entradas y salidas, hacían obligatorias  las duras caminatas bajo el inclemente clima. En algunos rincones, había músicos, tocando sus instrumentos típicos. Lo impactante de la escena, era comprobar, que todos y cada uno de ellos, estaban ciegos y les faltaban algunas extremidades, siendo víctimas de las minas enterradas en la pasada guerra de Vietnam.

Poco sabe el mundo que Camboya fue uno de los países más castigados por los norteamericanos, bombardeando todas sus franjas fronterizas, sabiendo que el ejército vietnamita, pisaba tierras camboyanas en sus retrocesos y huidas. También habría que decir, que los aviones del ejército estadounidense, no distinguían desde las alturas, dónde estaba el enemigo y dónde la población civil que ni tan siquiera estaba en guerra, arrasándolo todo y provocando miles de muertes en su psicótica persecución contra el comunismo. Muchos caminos de Camboya, en la actualidad, están cerrados a cualquier transeúnte, siendo los campesinos y los niños,  lo más perjudicados por estas minas terrestres. Estos pobres, sin remedio, cruzan los territorios más peligrosos, porque están en la periferia de sus aldeas,  y deben llevar a su ganado a mejores pastos o sencillamente deben agrandar sus cultivos encontrándose muy a menudo con la muerte.  Si hablamos de números; podemos calcular que más de 35.000 camboyanos han saltado por los aires en los últimos años, uno de cada 240 habitantes tiene un miembro amputado y si la comparativa la trasladásemos a España, sería como vivir en la actualidad,  con sesenta millones de minas enterradas bajo nuestros pies.

Después de casi doce horas de incesantes y vertiginosos viajes de un lugar a otro, acabamos en el templo donde todo el mundo acaba la jornada para ver el atardecer. Envuelto en una manta de niños vendedores de todo tipo de artilugios, pude contemplar como el recorrido de la visita a Angkor acababa delante de mis ojos. Como un telón que da por finalizada su obra de teatro, la noche engulló los resquicios de lo que había sido un día memorable. Sabía que era absurdo pensar que había visitado por completo todo el conjunto arqueológico, pero debía conformarme y agradecer el poder estar allí y haber contemplado con prisas los más importantes. Tocaba despedirse de la ciudad perdida, y en cuanto el sol quedó totalmente tapado, nuestros conductores bajaron con rapidez el camino hacia la ciudad de Siem Riep. A los diez minutos de haber salido, el taciturno taxista, miró de soslayo por encima de su hombro comprobando que una de las ruedas del remolque estaba pinchada, maldiciendo en Jemer todo lo que podía, paró enfadado en unas chabolas, donde preguntó y acordó un precio por la reparación del neumático. Los seis aprovechamos y bajamos de los vehículos. Dimos una vuelta por la pequeña aldea, buscando una última instantánea. A los diez minutos de merodear por las callejuelas, una muchedumbre, salió a ofrecernos agua, regalándonos unas dulces sonrisas. Estábamos encantados con el incidente de uno de nuestros conductores, rodeados de niños que con tímidos impulsos iban acercándose a nosotros hasta romper la barrera que separa lo inédito de lo conocido. Aquellas madres que llevaban a sus hijos en brazos les costaba más acercarse a nosotros, ese tipo de gente no era como la que habíamos encontrado a lo largo de nuestra jornada por los templos, eran campesinos, y alguna de las familias que tenían la casita a pie de carretera, eran esporádicos mecánicos, al servicio de cualquiera que necesitara ayuda.

Muchas veces he comparado el tacto con los foráneos en los países asiáticos. Creo que hay de todo; en China choqué con el pueblo más desagradable y maleducado que uno jamás pueda encontrar, en Nepal, donde creí que encontraría a gente ajena al turismo debido a su encierro durante décadas al exterior, di con personas que sólo pedían dinero por cualquier fotografía y que muchos jóvenes vendían todo tipo de droga. En Tailandia, la gente fue muy simpática y agradable, pero he de reconocer que en muchos pueblos y ciudades turísticas, esas sensaciones, ese respeto o sencillamente el recibimiento con los brazos abiertos y esa perpetua sonrisa en sus labios, era forzada. En Indonesia, tuve encontronazos con la religión islámica, no aceptando al principio del viaje, que siendo asiáticos, fueran el mayor país musulmán del mundo . Las mujeres, de bellos rostros, tapaban sus cabellos, evitando en muchos encuentros la mirada. Sus costumbres en la gran isla de Java eran tan dispares con las de la isla de Sulawesi donde eran protestantes que a  menudo te preguntabas sino habías cruzado una frontera invisible. Si a todo esto añadimos la originalidad y extraña  pero exótica cultura de los Balineses que se desmarcan en todos los aspectos, podría decir que el país de Indonesia me dio más alegrías que decepciones. En Laos, donde la pobreza asomaba a medida que te adentrabas en sus carreteras ratoneras, intentaron timarme algunas veces con la comida donde ningún turista pasaba ni por casualidad. En Vietnam, tuve la desgracia de comprobar los decibelios de sus incansables voces, gritando a todas horas,  por todos los lugares , comprobando en mi propia piel,  como en los mercados de Hanoi, era imposible probar algo antes de decidir si lo comprabas o no, golpeándote  sencillamente la mano con un “espanta-moscas”, si tenías la osadía de intentarlo, y por supuesto, añadiendo a esta situación, multitud de agudos grititos  que poco a poco iban irritándote, invitándote a que cogieras otro camino. Sin embargo, hay dos países que son muy parecidos en muchos aspectos. Myanmar y Camboya, comparten religión, sus puntos de vista sobre el budismo distan mucho, pero el fin acaba siendo el mismo. La gente de ambas naciones,  estando separados por la masificada Tailandia, guardan en común,  esa timidez, ese infantil miedo y respeto al visitante, regalándole sonrisas y sorprendentes apretones de mano, cuando menos te lo esperas. Su pobreza y humildad han sido acentuadas por sus oscuros regímenes dictatoriales, pudiendo pensar erróneamente que la sumisión después de tantos años de silenciosas injusticias, han hecho en sus mentes, una herida que jamás curará. Yo, estaría dispuesto a confirmar ciegamente, que el pueblo de ambos, es así, porque sus sencillas vidas no conocen otra rutina que la de cada día buscar un sustento para sus familias. Que la visita de alguien tan distinto en aspecto y habla, les causa curiosidad y no antipatía y menos aún sumisión, no teniendo nada que perder, ni nada a lo que temer, porque lo que hay en sus vacías casas, llenas de familiares,  es su modo de vivir el día a día y que no asimilan otro porque están en la total certeza que no existe. En Myanmar, paseando por los pueblos del Lago Inle, en el estado de Shan, tuve la mala suerte de romper un pedal en mi bicicleta. Anduve mucho tiempo intentando encontrar una casucha donde pudieran arreglarme el estropicio. Después de varias horas bajo la intensa lluvia y  de recorrer preciosos parajes, divisé entre la cortina monzónica de agua  a un señor que sin apenas pedirme explicaciones y percatándose de mi problema,  entró en su cabaña, y sacó un enorme martillo, enderezando a golpes,  el rebelde pedal poniéndolo recto. Intenté agradecérselo pagándole, no cabía duda que era un mecánico a pie de carretera como el de Camboya, pero la tarea que  para mí fue de suma importancia, para él fue insignificante, quedando todo en muchas sonrisas y algún amago de ofensa por su parte al ver que le seguía insistiendo en pagar algo simbólico en muestra de mi gratitud. Ésta, es una de las muchas anécdotas que uno va encontrando al cabo de los años y con las que al final, realmente haces un balance en tu mente, siendo tu corazón quien decidirá cuál fue el lugar que te caló más hondo dejando su huella, no por sus paisajes, sino por sus gentes.

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