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Hace tiempo que llevamos viajando sin ver a un solo turista. Nuestra aventura atraviesa un momento de intensa soledad en parajes tan alejados, que dudamos si estamos en el buen camino. Nuestra visita a las Montañas de Bale, ha sido una experiencia muy especial. Encontrarte esos picos y esas carreteras, buscar la resistente y rara fauna, que tímidamente asoma por el horizonte o ver que la población te mira con asombro y alegría no tiene descripción alguna que le haga justicia.

Si no fuera suficiente, el camino que tomamos desde Goba (Bale Mountain), fue largo y agotador. Cuatrocientos cincuenta kilómetros de golpe, para ir a parar al Parque Nacional de Awash. Puede que algunos hayáis estado camino de Harer, pero la mayoría no debe saber ni que este lugar exista en los mapas.

La carretera que sale desde Nazareth hasta el pueblo de Awash, es una tremenda locura. Cientos de camiones, recorren una estrecha vía, al desértico país de Yibuti, poseedor de un puerto marítimo que abastece de materias primas a Etiopía. Estos demonios metálicos, dueños y señores de las calzadas, asustan por su imprudencia, sus velocidades algunas veces fuera de todo sentido y estampan sus prisas, contra un muro de lamentaciones, para acabar de la manera más dramática.

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En apenas cien kilómetros, he visto más colisiones de las que recuerdo haber presenciado en toda mi vida. Algunos de ellos, en una esquelética forma, anunciaban que el conductor estaba en el otro barrio o le había tocado la lotería de seguir viviendo por puro milagro.

Esta parte del país, podría carecer de sentido si quitásemos el parque. La carretera general que tanto miedo me ha causado, ofrece unos paisajes llenos de belleza. Esta zona semi-desértica, nos muestra a medida que tragamos kilómetros, los numerosos volcanes, los mares de roca que la lava fue formando en un pasado no muy lejano, los lagos con aguas calentadas desde las tripas de nuestra madre tierra y a unas tribus muy curiosas de observar, diferentes a todas las vistas hasta ahora,  totalmente ajenas al resto del mundo y olvidadas por la gran mayoría de sus paisanos. Sus hogares, espantosamente construidos, apenas sostienen los cimientos de madera. Su pobreza es extrema según mi criterio. Para el resto de los etíopes, esta gente de cuyo nombre no consigo acordarme, es rica porque posee rebaños enteros.

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La cuestión es que en las zonas rurales, todo se mide por la cantidad de cabezas de ganado que uno posee. A mi pregunta, de que si son tan ricos, por qué no se construyen una vivienda más digna para sus familias, más aun siendo tan numerosas, la respuesta queda en el aire. Tengamos en cuenta que suelen tener ocho hijos en espacios que no superan los 10 metros cuadrados. Es difícil asimilar, como la escala de valores se diferencia tanto a la nuestra, deformándola y dejando en el aire muchas cuestiones que rozan la cordura.

Sus estilos de vida no difieren mucho de los modales hacia los extranjeros. Unos camellos pastando en lugar no permitido por ser parque nacional, han sido el objetivo de mi cámara. La advertencia del soldado que me acompañaba, ha sido clara: No tomes la foto, porque te tirarán piedras los pastores.

No tienen permitida la entrada por el ejército, pero siendo semi-nómadas, han hecho de este lugar casi lunar, su tierra, mermando la vida salvaje que en teoría debería ocupar este amplio parque.

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Awash, sencillamente es una caña. Los más parecido a la sabana africana, lo encontramos en este agujero del mundo, donde las cosas más importantes carecen de sentido. La luz, el teléfono, el agua corriente, pasan inadvertidas en este remoto paraíso. Todo se acaba sustituyendo por unas fantásticas vistas de su hermoso río Awash. Esta bestia fluvial de enormes rápidos, nace y muere en Etiopía. Su cauce, va dando vida durante su largo recorrido por las zonas más áridas. Sus orillas, repletas de cocodrilos no son aptas para los bañistas. Puede que parezca exagerado, pero el cocodrilo del Nilo anda por todas partes y desde mi refugio, en una franja de apenas 200 metros, he divisado a cinco grandes bestias, bronceándose al sol y calentando motores para la pesca de peces.

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Una visita al parque ya sea andando o en coche es fundamental para que hagas tu safari en Etiopía. Lo mejor es pernoctar un mínimo de dos noches y que un día lo dediques a caminar con un guía y un “ránger”, que te protegerá de imposibles peligros. Se dicen que en estas tierras, habita el león, el leopardo y el guepardo. Ninguno de los tres se han visto desde hace años, tirando para parques más fértiles que este tostado lugar. Lo que sí podemos ver son hienas al anochecer. El resto de la fauna, fácil de ver, se basa en pájaros de todos los tamaños y colores. Antílopes de distintas clases, tortugas y serpientes.

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Después de nombrar las posibilidades que tiene, he de decir, que yo no he visto ni la mitad. El tiempo y la paciencia, son fundamentales como en otros parques de África. Pero no nos engañemos. Esto no es el Parque Nacional de Chobe.

Pese a lo dicho, recomiendo su visita si vais a Harer. Una parada en este abandonado lugar, os dejará con la boca abierta y como viene siendo costumbre, Etiopía nos ha regalado otra jornada más para recordar. Este país parece no tener límites y basar mi viaje de tan solo un mes en tan exagerada porción de suelo africano, queda a fin de cuentas en una anécdota.

Sé que debo volver en un futuro y hacer lo que no me ha dado tiempo. Apenas quedan tres días para mi regreso y tengo la sensación de que me dejo rincones mágicos sin explorar.

Seguimos adelante.

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Imágenes del Parque Nacional de Awash:

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Atardecer en la sabana etíope

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Los remotos caminos del este

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Nuestro conductor y el «ranger» que el parque obliga a contratar

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Camellos, no originarios de awash

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El «oryx», como animal emblema del P.N. de Awash

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Pequeño antílope. El más pequeño de su especie

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Construyendo nuevos refugios para un futuro prometedor

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Camino a Awash

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